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Mostrando entradas de 2014

Pequeños

Se ve desde aquí el invierno como una isla chiquitita. Del perímetro de una cama, el mismo que la palma de tu mano, cubierta en el paseo por la palma de mi mano y rodeada por mis dedos por todos sus lados excepto por tu muñeca ístmica.   Hay que creer en las cosas pequeñas, me dices.    Este invierno que nos parece tan magro irá engordándose de nubes negras y a base de pasar cada vez más tiempo en casa llegará un momento en el que ocupe todas las conversaciones en transportes públicos y programas matutinos.
Entonces pasaremos los días más cortos deseando quitarnos de encima este hermano menor que ya no cabe por la puerta de la habitación; y las noches más largas frotándonos los pies como las moscas para volvernos incandescentes por un momento.
Adelantaremos los relojes, viajaremos al hemisferio sur, pero no lograremos quitárnoslo de encima hasta que una mañana mire por la ventana y vea, desde allí, una primavera, mínima como un diente de león en un campo de girasoles.
Y le s…

Ella y los espejos

#1
Hay un momento en el que se mira al espejo en el que la puedo ver de frente y de espaldas al mismo tiempo; yo sigo sentado en la cama y ella, descalza, prueba la resistencia del suelo al calor que desprenden las plantas de sus pies, ese calor que al calor del resto de su cuerpo desciende del centro de su pecho y va a parar a las baldosas de la habitación, a una de cada dos o tres, como en un tablero de ajedrez pintado por un borracho. Ella me ve a la vez, me contempla mientras se ajusta los pendientes y, desnuda, prueba la resistencia del espejo ante la luz que le hace llegar la mirada que me lanza a su través. Y comprueba también mi resistencia, baila un poco manteniendo a la vez tensa la cuerda que conecta nuestras pupilas, tan tensa que parece imposible que no la vaya a romper alguno de los dos; baila, mueve las caderas y con las caderas su cuerpo entero se cimbrea, la habitación da vueltas sobre sí misma, encoge y estira el abrazo de cuarenta grados que nos tiene pegados a e…

Cos(tq)illas

Soy un funambulista enajenado que cruza de lado a lado tu cuerpo haciendo el pino sobre tus costillas, y aunque me juegue a cada momento la vida siempre será mejor caer a plomo en tus ventrículos o en tus tiernos alveolos ajenos al tabaco que dejar de hacerte esas cosquillas
que nos hacen vivir en este terremoto dulce y eterno.

Línea curva

1.
Mientras me cuentas que
la curvatura de la Tierra es la que provoca
que, de pie en la playa, no seamos capaces de ver más allá
de cinco kilómetros hasta el horizonte
yo pienso,
tumbado en esta misma playa, que
la curva de tu cadera provoca
que no quiera ver más allá
de cinco centímetros.


2.
La curva de tu cadera vence este año
a la primera línea de playa
como destino turístico más deseado.
Es verdad que descender por cualquiera de las dos
lleva a las olas
y a la sal entre los labios
y a los mejores días de nuestra vida,
pero en el caso de tu cadera además
no es la arena sino la felicidad
la que hace cosquillas en las plantas de los pies.

Sesenta y nueve nudos

Ninguno de los dos ha estado antes aquí, en esta cama que flota sobre el océano y que no sabemos si va a la deriva o si conserva una brújula interior que nos hace avanzar tan lenta como ciertamente;
ninguno había pisado este mar con anterioridad, no habíamos puesto los pies en estas olas, y sin embargo ahora que lo hacemos, ahora que sentimos el cosquilleo del lomo de los delfines en nuestras plantas mientras dejamos que los pies cuelguen descalzos a primera hora de la mañana, ambos juraríamos que el otro es un experto en flotabilidad emocional sobre lecho de ikea y sábanas de primark, y pondríamos la mano en el fuego por ello si no fuera porque es la que usamos para ir juntos de la mano   de un lado al otro de la cama.
Nuestro ejercicio diario. Aparte de follar, claro.
No hay parturientas alrededor, y tampoco suena el teléfono; no tenemos que leer nada más que las arrugas de nuestros cuerpos. Ahí es donde tienes tú más tarea y yo, un montón de páginas en blanco.
Aparte de…

Correo aéreo

Está la casa tan caliente, este nueve de marzo de dos mil catorce que nos ha traído a la calefacción central en horario de invierno un día de verano que ha encontrado en los bolsillos más profundos de este profundo invierno de mierda, tan caliente está que deberías estar aquí para que pudiéramos follar desnudos sobre la cama sin abrir, correo aéreo que se deja en la repisa de la cocina hasta que se pueda reunir toda la familia en torno a las buenas noticias, para que pudiéramos sudar un poquito juntos y que después no se viera nada a través de las ventanas empañadas.
Amor opaco, como lo que hay detrás del horizonte.
Y sin embargo no estás y pienso en este pequeño poema que llevo mucho tiempo diciendo lo mismo, todos los meses escribiendo el mismo puñetero poema; cualquiera que me estuviera leyendo hace un par de años que habrá dejado de hacerlo por eso.
Que les den. Ya tendré tiempo de hacerme viejo y de que lleguen los terrores nocturnos de los domingos, bien tarde, a hace…

Pobreza energética

Pasamos frío algunas noches. Ahora lo llaman pobreza energética; a nosotros simplemente nos sale más rentable meternos bajo las mantas que entregarle toda nuestra antigua fe cristiana al nuevo dios del calor azul. Con lo que nos costó, al menos a mí, arrebatársela a los curas del colegio.
Y en la oscuridad de las sábanas cubiertas de piel sintética, follamos. Follamos más que la media de nuestros amigos. Pienso a veces, no necesariamente en medio del polvo, pienso que puede ser el frío, que quizá sea la pobreza energética la que nos lleva a follar más, a tener algunos de los mejores polvos de nuestra vida, de nuestra vida en común y por lo menos en mi caso de nuestra vida entera; polvos como trasatlánticos, largos y a la vez ligeros, que surcan el mar de las madrugadas con la naturalidad de los delfines y la importancia de las ballenas.
Polvos importantísimos que terminan en un sueño caliente que nos hace olvidar los grados bajo cero.
Abres la ventana, subes la persiana ha…

Rascacielos

Brillabas, tu piel brillaba como brilla un agujero negro. Cada pliegue, cada doblez, cada centímetro cuadrado que luego recorrería con la lengua era una invitación a saltar a una dimensión desconocida, a dejarse caer y perder todo lo que se hallaba entre la memoria y los zapatos. Y sin embargo tú misma la impedías. La caída, la impedías. Habías situado a la entrada aquellos labios rojos a los que era imposible no agarrarse, que era imposible perderse si uno quería pasar a engrosar la lista de los que en la vida han hecho algo más que nacer, llorar, respirar y morir comiendo arena. Esos labios a los que te llevabas un índice, en rojo también. Aprender los colores diez años después de haber dejado el colegio. Rojo Estambul, Midnight Passion, granates, burdeos, bombillas encarnadas de ultramar que iluminarían nuestros mejores polvos incluso en medio de una catástrofe nuclear. Y luego estaban la mirada, claro. Era tu reojo la última página de un inventario del deseo, de un diccionario …